Contar la historia de México cambiándose de vestuario, Astrid Haddad

Después de muchos años, volver a ver a Astrid Haddad en vivo: en el Teatro de la Ciudad, el Esperanza Iris. Antes de que inicie el espectáculo ya está ahí el público: parejas gays, lesbianas, drags, chicas trans, chicos trans, queers, viejitos, turistas, gente que habla en otros idiomas. Toda la diversidad del mundo LGBTTTIQ y aliados ahí presentes. A la tercera llamada aparece Astrid vestida como guerrera azteca. Canta.

Su voz ocupa todo el espacio del Esperanza Iris y es graciosa y sonríe y es seria y profunda. Al terminar la primera canción nos cuenta que nos va a contar la historia de México. Nos cuenta que había una cultura que llegó y fundó México-Tenochtitlán y que conquistó y dominó a los pueblos alrededor del Valle de Anáhuac hasta que llegó Cortés y los españoles. Dijo Astrid Haddad que, desde entonces en estas tierras tomamos malas decisiones porque los pueblos originarios eligieron a Cortés y a su gente para gobernar y que esa historia no salió bien. Dijo que no hay nada nuevo porque “Uno vota por la izquierda y acaba siendo gobernado por la derecha”. Muchas risas y aplausos, una senadora que lleva toda la semana diciendo que el estado no debe dar recursos a la creación artística sale ofendidísima del teatro. El cabaret sigue vivo. El cabaret se tiene que atrever a decir la verdad haciéndonos reír, eso fue lo que hizo Astrid durante la noche del viernes 15 de junio.

Después de ser guerrera azteca, Astrid fue una pirámide tzompantli, un retablo barroco virginal, un corazón sangrante (como si te restregaran el corazón en chile), una aristócrata del siglo XVIII, un mapamundi, una charra de colores, otra charra con bajorrelieves, un circo con lucecitas, la estatua de la libertad preocupada por los feminicidios, un pobre venadito que habita en la serranía, la llorona de ayer y hoy que reclama por los desaparecidos y una rumbera con piñas en la cabeza y bajo la falda invocando a Babalú y que lee al rey poeta Nezahualcóyotl recordándonos que venimos a disfrutar y que somos finitos, luego fue una cabaretera que avienta confeti dorado. Así pasó ante nuestros ojos la historia de México. Todo eso nos sucedió y todavía nos pasa.

Cada canción, un vestuario diferente. Por eso, Astrid se dijo a si misma que es “nuestra Lady Gaga de nixtamal”.

Terminó el concierto con los grandes éxitos, “el calcetín” y “la tequilera”, con una falda pompona con los multicolores de la diversidad del arco iris. Verla en vivo siempre será un placer, una sorpresa continua durante horas, una oportunidad para pensar mientras te ríes un buen rato.

Me quedo con dos cosas: la primera, Astrid Haddad dijo que el arte será o es ese paraíso con el cual haremos un mundo mejor; la segunda, la función del cabaret es decir la verdad aunque incomode a los poderosos de antes y a los nuevos poderosos, hacer reír aunque al país se lo siga llevando la chingada.

Por: Mauricio Álvarez 

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